Querétaro-San Luis: La pasión desbordada

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El inicio del viaje

Después de casi una semana en la que me cansé de escuchar un sinfín de testimonios alterados, en la que me cansé de leer opiniones de personas que no estuvieron en el Estadio Alfonso Lastras, me animé a escribir un pequeño texto de lo que viví el pasado domingo 20 de octubre. Esto no es más que una crónica de alguien que decidió viajar a San Luis Potosí para vivir una edición más del ‘Clásico de la 57’.

Naturalmente, después de casi cinco años sin habernos enfrentado, los ánimos estaban más calientes que de costumbre. Al igual que todos los partidos a los que asisto de visitante, junto con otros aficionados de Gallos Blancos, yo y dos amigos más rentamos una van. Sabíamos que toda la carretera número 57 iba a estar repleta de retenes policiacos, por lo que desde las nueve de la mañana estábamos listos para partir, ocho horas antes del gran partido.

Entre algunas paradas para comprar alimento, terminamos llegando a San Luis alrededor de la una de la tarde. Con antelación, sabíamos que era altamente probable que nos agredieran a la salida del partido, por lo que tomamos la decisión consciente de dejar la van en una plaza cercana, en lugar del utilizar el estacionamiento designado. Los organizadores del viaje ya nos habían indicado traernos una playera extra por si ‘las cosas se ponían feas’ y nos recomendaron no involucrarnos en ningún tipo de pelea.

A falta de cuatro horas para el partido, las 17 personas que íbamos en la van tomamos rumbos distintos, quienes no tenían boleto fueron al estadio y los otros pasamos el rato en la plaza. Al tener playeras de Querétaro, las miradas hostiles y algunos insultos no faltaron, pero no fue nada que no haya vivido en otra ciudad. Así, llegada las tres y media de la tarde, decidimos tomar un uber, ya que caminar al estadio no era del todo seguro, cosa que comprobaríamos de inmediato.

La llegada al estadio

El Alfonso Lastras es un recinto ‘hundido’ y rodeado de colonias, por lo que, a diferencia de la mayoría de los estadios mexicanos, no se ve del todo hasta que ya estás frente a él. De cualquier forma, quienes sí se veían a lo lejos era la porra local, ‘La Guerrilla’. Desafortunadamente, el uber tomo el camino que iba directo hacia ellos y aunque íbamos en un auto, sabía que algunos de sus integrantes, al ver nuestras playeras de Gallos Blancos, iban a atacar el carro con tal de ‘hacerse sentir’. Por tanto, una calle antes de llegar a ellos, le indiqué al uber que se diera la vuelta. Al final, solo adelantamos algunas calles y al momento de bajarnos del auto, un policía se nos aproximó gritando “No mames wey ¿qué haces?, no te bajes aquí. Súbete al carro”. En ese momento supe que los juegos habían terminado y el Clásico de la 57 por fin había llegado. Nos subimos rápidamente al uber y este nos dejó en un lugar mucho más seguro, enfrente de la zona visitante.

Después de tantos meses esperando este momento, por fin entré al estadio. Los gritos de la Resistencia Albiazul fueron replicados por todos nosotros, por supuesto que algunos con insultos hacia los aficionados de San Luis. La policía local únicamente observaba y después de dos filtros exhaustivos en los que me retiraron hasta los zapatos, pude ingresar a la grada, acompañado de casi tres mil queretanos.

En la tribuna comenzó la que considero es la pelea más hermosa de todas: la batalla de cánticos. La Guerrilla extendiendo un telón al grito de “esta es la banda loca de San Luis” y nosotros con el retumbante “Dale, dale Querétaro”. Parecía que todo se quedaba en gritos, pero conforme fue pasando el tiempo, los ánimos se elevaron cada vez más.

En la cancha, los primeros 10-20 minutos fueron totalmente para San Luis, hasta que Jair Pereira adelantó a Querétaro al 25’. Estábamos vueltos locos. Créanme que he vivido muchas cosas acompañando a Gallos Blancos; descensos, títulos, desafiliaciones, etc., pero gritar un gol en un Clásico de visita es simplemente indescriptible, especialmente cuando tienes en cuenta que, hasta ese domingo, ningún equipo había logrado ganar un clásico en Liga fuera de casa.

Posteriormente, al caer el segundo gol de Gallos justo antes de finalizar la primera mitad, la afición de San Luis comenzó a calentarse más. Aunque supuestamente estábamos rodeados de familias, comenzaron a arrojarnos objetos y nosotros respondimos. Esta guerra de proyectiles duró prácticamente todo el segundo tiempo hasta que explotó la bomba de tiempo.

La violencia desatada

Algunos aficionados queretanos, hartos de las provocaciones verbales y físicas, respondieron con mayor violencia. Existen varias versiones, algunos dicen que la famosa banca que impactó en la nuca de una menor que era aficionada de San Luis, fue arrojada inicialmente por ellos. La realidad es que desde donde me encontraba, no pude observar con claridad quién la arrojó primero. De todos modos, dicha banca llevó a la menor al extremo de convulsionarse. Los de San Luis, asustados con el panorama, entraron a la cancha mientras el partido se seguía jugando para llegar a una zona con mayor seguridad.

A lo lejos, yo observaba como emergencias sacaba a la menor del estadio en camilla y, a su vez, veía un sinfín de niños en lágrimas. Sin duda, en el momento la imagen me dejó perplejo, pero al mismo tiempo me estaba cuidando de las monedas, encendedores e incluso hielo que por el otro lado nos estaban arrojando los aficionados de San Luis.

El caso fue que, desde el otro extremo, La Guerrilla observaba todo lo que estaba ocurriendo y en el afán de cuidar a su gente, recorrieron todo el estadio para agredirnos. Recuerdo perfectamente el momento en el que los aficionados de San Luis corrieron por los pasillos para llegar hasta nosotros. Ahora, ya pasado cierto tiempo, recuerdo el momento con gracia y a mis amigos les comento que la escena podría encajar en cualquier película del Señor de los Anillos.

Así, cuando los hinchas rivales ya se encontraban a escasos metros, nuestra reacción inmediata fue correr hacia la salida que estaba detrás, pero increíblemente ese acceso estaba obstruido y se volvió inevitable una confrontación. Mandamos a las mujeres y niños a la parte trasera, para que los envases de vidrio que los potosinos nos estaban arrojando no les cayeran a ellos.

A decir verdad, en ese momento perdí la noción del tiempo. No podía ver nada, no sabía si el partido aún se estaba jugando y no tenía ni idea que el campo estaba repleto de aficionados. Lo único que veía eran botellas de vidrio en el cielo. Solo veía a gente descalabrada y con sangre por todos lados. Fue un oasis de sangre y en lugar de que la gente se compadeciera, a través de la reja trasera, aficionados de San Luis nos seguían gritando “no que muy machitos, órale, éntrale a los putazos”, “tienen lo que se merecen, hijos de puta”, “los vamos a matar, maricones”. Tanto queretanos como potosinos estaban enajenados. La pasión se había desbordado.

Probablemente, muchos me condenen por los que diré a continuación, pero en cierta forma me alegro que algunos aficionados de Gallos se hayan enfrentado con los de San Luis. La ausencia de seguridad provocó que los queretanos nos tuviéramos que defender y es que, sin nosotros, tal vez los potosinos hubieran llegado hasta la zona donde estaban las mujeres y los niños.

Después de cierto tiempo, la pelea en la grada terminó, pero yo sabía que lo peor aún no había pasado, y efectivamente así fue. Incluso, esta parte no fue documentada por casi ningún medio nacional, pero el estacionamiento del estadio se convirtió en prácticamente una zona de guerra. Las balas de goma y el gas lacrimógeno arrojado por los policías de San Luis, afectó a todos los presentes, fueran queretanos o potosinos.

Al mismo tiempo, la gente de Gallos intentábamos llegar al estacionamiento para subirnos a los camiones que nos llevarían a nuestro hogar. No obstante, ya se encontraban ahí aficionados de San Luis que tuvieron que ser dispersados por la policía y por gente de Gallos. En el momento, todos intentamos llegar a los camiones, pero sin el conocimiento que la seguridad del estadio había arrojado gas lacrimógeno que, al menos en lo personal, me entró en todos los ojos. Por tanto, tan rápido como pude, me regresé al baño para lavarme la cara. Ahí, también me di cuenta de la magnitud de la situación. Los espejos de los baños estaban completamente rotos para usarlos como proyectiles y los lavabos estaban llenos de sangre. De verdad que pocas veces en mi vida había visto un escenario tan sangriento.

La huida

Con el tiempo, el gas lacrimógeno se dispersó y pudimos subir a las unidades que nos llevarían de regreso a Querétaro, pero, como comenté anteriormente, la van en la que yo venía estaba en la plaza, no el estacionamiento. Para llegar a ella tenía que salir a pie y sabía que ello significaba que probablemente me mataran en el camino.

La seguridad del estadio me indicaba que me subiera a cualquier transporte y yo no tenía problema con ello, pero camiones en los que cabían 40 personas, estaban ocupados por hasta 80 individuos. No había espacio y tampoco había unidades disponibles.

Al final, mis dos amigos y yo decidimos salir caminando de forma incógnita con la playera extra que afortunadamente nos habíamos llevado. A la salida, las escenas fueron impactantes. Miles de aficionados de San Luis intentando llegar hasta nosotros, la gran mayoría con piedras y hasta tabiques en la mano. Irónicamente, como persona agnóstica, yo solo rezaba por que no se viera que debajo de mi playera traía la de Gallos Blancos.

El trayecto hacia la van se me hizo eterno. Probablemente no tardé más de 20 minutos para llegar a ella, pero no conocía las calles y en el camino solo escuchaba gente gritando “vamos a matar queretanos”. Sabía que en el momento que descubrieran que era de Querétaro, mi vida corría peligro.

El regreso a casa

Por suerte, después de una larga travesía, pude llegar a la van que me llevaría a Querétaro. La gran mayoría ya estaba ahí y en cuanto llegaron todos nos fuimos inmediatamente. No obstante, cuando parecía que la pesadilla había terminado, el terror se volvió a hacer presente. A los organizadores del viaje les llegaban mensajes con advertencias de que no nos detuviéramos en una gasolinera, ya que habían aficionados de San Luis ahí esperándonos. Incluso, nos llegó el rumor de que literalmente le habían prendido fuego a alguien de Gallos.

Soy consciente de que al final fui muy afortunado. Esa tarde en San Luis pude haber salido gravemente herido, pero no fue así. A diferencia de muchos, yo llegué sano y salvo a casa donde mi familia me recibió muy preocupada. Sé que muy pocos pueden entender a los que dejamos todo cada fin de semana con el fin de seguir a un simple equipo de fútbol. De corazón espero que quien me esté leyendo sienta algo de empatía con aquellos que llegaron a su hogar completamente golpeados, así sean de Gallos o de San Luis. El fútbol es y será el deporte que mayor pasión levante y yo soy un impulsor de ello. No obstante, el pasado 20 de octubre aprendí que existen ciertos límites que no podemos rebasar. Al final de cuentas, todos tenemos quien nos esté esperando en casa y debemos respetar al prójimo más allá de la playera que esté vistiendo.