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Cuando las papas queman, aparece ‘Chapita’

 

Descendiente de franceses hugonotes emigrados a las Islas Británicas en tiempos de persecución religiosa, a fines del siglo XVI, la silueta de Samuel Fisher Lafone se consolidó, dos centenares después, como el germen singular de una dinastía acreedora de negocios que siempre arañaron lo modelo en latitudes bonaerenses. El arribo de su medio hermano, Alejandro Ross Lafone, simbolizó la formación de una sociedad acumuladora de productos ganaderos e importadora desde Gran Bretaña de tejidos de lana, algodones, ferretería, juguetería y loza. De igual forma, transitaban con mercaderías hechas en Francia, Alemania y en las Indias Orientales.

Para 1832, el oriundo de Liverpool se inclinó por una azarosa vida familiar al contraer matrimonio con una criolla, María Fligia de Quevedo y Alsina, hija de un importante comerciante español de credo católico. Violados los principios dogmáticos, Lafone fue condenado a pagar una multa de mil pesos y, junto a su hermano, recibieron la orden de salir de Argentina.  La ciudad de Montevideo en 1833, con el cuñado Juan Quevedo como terminal de aquel póker de migrantes, ya lo esperaba acogedora.

Próximo a cumplir la década en la urbe de la vigente sede del Mercosur, el peculiar empresario sembró raíces, literalmente, en su nueva conquista. Dueño de 122 manzanas, que comprendían desde galpones hasta viviendas para sus obreros -cuyos techos, imitando las construcciones inglesas, eran a dos aguas y de tejas-, emprendió sólida la iniciativa de fundación, el 12 de septiembre de 1842, del pueblo de La Teja, oficialmente llamado Pueblo Victoria en homenaje a la Reina Victoria I del Reino Unido.

Ahí, entre las desembocaduras de los arroyos Miguelete y Pantanoso, nació Sergio Blanco, churumbel amante de su cuna y de intensa, disfrutable, infancia que a la fecha analiza la evolución social de aquel poblado: “Otra época, otras costumbres. Ahí vemos cuando nos estamos dando cuenta que nos ponemos viejos y el decir, antes, cinco de la tarde cualquier día era toda la calle picado, la envidia de los más chicos, que los grandes la cortaban y era fútbol. Y hoy no. Hoy pasas y no se ve tanto. Nosotros nos quedábamos hasta la una, dos, de la mañana en la esquina, conversando, hablando, jugando. Con frío, con calor, recuerdo que hoy decimos ‘nos juntamos’, a veces en la casa de alguno, y en pleno julio, decimos ‘pensar que hasta ahora estábamos en la esquina, tirando vapor por la boca y hasta la una, dos de la mañana, ¿Cómo hacíamos?’. Una etapa divina, ¡qué locos cuando queremos crecer! El mejor barrio que me pudo haber tocado y que me gustaría que mi hijo viviera todo eso”, relató a Mario Bardanca, periodista y locutor de La Caja Negra.

Los Magos, también en La Teja, y Carlitos Prado, en esa cronología, fueron los primeros equipos previo a su llegada, “por casualidad”, a las inferiores del Montevideo Wanderers, institución que a la postre declararía como la de sus amores, a los doce de edad luego de rehusarse, en un partido buenísimo con el barrio, a rodar la bicicleta hasta El Prado para atender a la invitación de dos compañeros que le anunciaban una chance en la prueba de aspirantes.

“Primero se me eriza todo porque es volver un poco en el tiempo y darse cuenta de que ahí arrancó todo. En la primera práctica tuvimos la suerte de quedar… Wanderers marcó, marca y marcará, lo que es mi vida”, suspiró sentimental el que en ese entonces compartió las formativas con Sebastián Eguren, Diego Bonilla, Rodrigo Bengua y Juan Manuel Martínez. La banda, su banda.

Precisamente con esos nombres como escolta, motivación, Blanco Soto completó el proceso hasta el debut en el máximo circuito uruguayo: “Jugué el sábado en Quinta, en el Parque A.N.C.A.P., terminé y me llama Ángel Varela, que había sido el técnico mío de juveniles. Había agarrado la Primera él, un interinato, porque el equipo se había descendido y bueno, la última fecha contra River, que también era El Clásico, me llama y me dice que me tenía que presentar en El Viera, en la sede, porque estaba citado para comer con el plantel de Primera División. Y me acuerdo de la entrada, lo tengo muy claro, estaban los grandes. Fue bravo”, reveló al mismo programa de TV Ciudad mientras recordaba a Jorge ‘El Chifle’ Barrios como la estampa que le enganchó, le presentó y le sentó donde se tenía que sentar en el previo de un estreno donde ingresó por Mauri Leites.

Legendario del club capitalino, con una de las tribunas del Estadio Alfredo Víctor Viera a su honor, Barrios Balestrasse no pasa para nada desapercibido en la trayectoria del artillero. Y de lo contrario pasa lo mismo. El respeto, la estima y la admiración que este par se tienen marcha intacta, legal.

“En lo personal, es una alegría tenerle en la institución como hincha. La verdad que es uno de los jugadores que todo técnico, todo hincha, todo dirigente lo quiere tener porque es el alma del equipo. Dentro de la cancha, fuera de la cancha, en el vestuario. De esos jugadores que son baratos, como dicen algunos técnicos, algunos dirigentes. Que te juegan todos los partidos y nunca quieren faltar. Si mal no recuerdo yo le puse ‘Chapa’ porque, en el 2003, cuando se va Daniel Carreño, que se pasa de Wanderers a Nacional, se lleva a Eguren, se lleva a varios. Y se queda sólo en el vestuario. Y se pone triste, porque yo le digo que es un hijo deportivo mío porque lo tuvimos en el momento en que él explotó, que después vino su transferencia al exterior. Lo tuvimos que levantar, le pusimos sobrenombre, tratamos de ponerlo de capitán. Había una banda bárbara, estaba Julio Ramírez, ‘El Malaka’ Martínez, Juan Carlos Parra… había un buen equipo, pero cuando las papas queman, aparece ‘Chapita’. Era ese tipo que te sacaba un partido cerrado”, expresaba en un fragmento el mítico de Las Piedras paralelo a los elogios para quien fuera mejor goleador charrúa del Siglo XXI por encima de Tony Pacheco, Nacho Risso, Cacique Medina y, un viejo conocido, Carlos Bueno.

Lo puntualizó Barrios y lo confirmaron sus récords. La partida al extranjero era inminente, cuestión de una ruleta de contactos, tinta y papel. Y así fue, casado con su intocable aldea de La Teja, sin conocer de lleno Montevideo, de bohemio a azulcrema, quien llevara como máximo ídolo a Álvaro ‘El Chino’ Recoba -aliciente de quien futuramente robara el dorsal número veinte- aterrizaba en suelo azteca para sentir en vida lo que, en sus palabras, consideró un infierno.

“Fue una etapa linda. Llegó con diecinueve años. La primera experiencia. Un cambio importante. Imaginase que, de jugar con mil, mil quinientas personas, pasó a jugar a un estadio con más de 120 mil personas… En un equipo grande, histórico, tradicional. La exigencia de ganar todos los partidos, de salir campeón. Jugadores de altísimo nivel, por nombrar uno, Cuauh”, develaba una videollamada cortesía de Sebastián Abreu, quien, de vecino, junto a su familia, sirvió como arropo supremo de un nómada que gustaba de sufrir sólo en su cuarto.

Sin pena ni gloria en su paso por el Club América, le secundaron San Luis y Dorados como vagones exprés en la carretera tricolor. Entre estos, Wanderers, en dos ocasiones, y Nacional lo repatriaban constantemente. Exótico paraje, también China, con el Shanghái Shenhua en la Temporada 2007 – 2008, lo sedujo, en cuanto a cultura y ritmo de vida, confortable; sin embargo, una lesión en el tendón de Aquiles terminó condicionando su mágica estadía en continente ajeno.

Dos años de ‘recuperación’, física y mental, enfundado en los colores que mayor aliento le provocan, y Querétaro lo retornaba en el radar del balompié que en ese entonces gobernaba Toluca en vísperas del arranque del Apertura 2010.

“Querétaro me gustó por la tranquilidad, me han tratado muy bien, los utileros, compañeros, de verdad que encuadró todo, la afición. Yo hoy estoy en Gallos Blancos, y asumo, tengo la presión como si estuviera jugando en el Real Madrid porque uno vino con un proyecto y tiene sus objetivos. Juegue donde juegue, para mí la presión debe de ser la misma porque me la pongo yo, trato que no venga de fuera”, comentaba al ‘Pali’ Plascencia sobre la institución plumífera. Misma que ahí dirigía Comizzo, estratega que igualmente le dejó sorprendido por el feeling entrenador-jugador, envidia neta de este deporte que pocos, poquísimos, pueden presumir.

Centralizando el contexto en el apodo, en Uruguay, chapita es la corcholata de la Coca Cola. Y hay un dicho allá que dice que “la chapita se calienta muy rápido”. Calentón o no a nivel cancha, la azul y negro lo desconoce. Eso sí, a nivel administrativo/ económico, la laminita asombró a costa de una ruptura en el metálico cuando el bochorno ni cosquillas hacía. Tras un registro de ocho tantos, Sergio Blanco rompía las transferencias a nivel nacional para firmar por Necaxa, rival directo por mantener la permanencia en la liga de oro.

Semanas después se consumara el movimiento, cuestionado sobre su salida de Gallos Blancos, explicó que se trató exclusivamente de problemas financieros del equipo de procedencia: “Me vendieron. El equipo vio una buena oportunidad al venderme, para pagar sueldos y cuentas. Si bien se armó revuelo en México porque era un rival directo, el motivo del pase fue exclusivamente una cuestión económica y nada más”, señaló para Pasión Rojiblanca en la pretemporada entonces encabezada por Daniel Brailovsky.

 

 

 

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