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“Que bueno es ser mexicano: otro 19 de septiembre” por Diego Rubalcava

Hola. Soy Diego Rubalcava, soy queretano y le voy a los Gallos. Por ese amor al Querétaro, no pensé dos veces cuando se presentó la oportunidad de escribir esta columna aunque desde hace casi tres años y medio vivo en la Ciudad de México.

Pido perdón, y de la manera más humilde, ruego que se justifique que estas líneas hoy no sean de los Gallos. Que no sean de los Gallos, que no hablen de futbol y que no intenten arrancar, por lo menos, una sonrisa. Además de reportero de televisión, soy comediante de clóset, porque siempre he creído que es la risa una de las armas sociales más poderosas que hay en el planeta.

Pero hoy, aunque las palabras todavía no me fluyan de manera clara, hoy es hablar de algo infinitamente superior a un juego de pelota. Mi experiencia con el sismo fue cercana. Estaba en Polanco, en un edificio muy afectado por el movimiento telúrico. Tembló y una mujer, cuyo nombre desconozco pero cuyo rostro jamás podré olvidar, comenzó a gritar. “¡Ayuda, estoy embarazada!”, grito ahogado, grito impotente, grito convertido en llanto. Al evacuar el lugar era evidente: otro maldito 19 de septiembre, que seguramente arrancaría vidas a gente inocente, a gente buena, a mexicanos. Así fue.

Llegué a mi casa y no pude evitar llorar, no podía o no quería aceptar lo que estaba sucediendo. Pero entonces entró una llamada de unos héroes muy particulares. “Pasamos por ti, vamos a ir a comprar cosas al súper” fue la indicación de la llamada.

La enorme impotencia quizás encontró un poco de consuelo cuando en el súper las filas eran interminables. Eran carrito, tras carrito, tras carrito, llenos de agua, de atún, de arroz, de cobijas, de hermandad, de México. Gracias Arturo y Rodrigo por haberme obligado a enfrentar la situación.

Fue una noche triste, tristísima. Pero el miércoles, el sol salió como todos los días, o quizás con un poco más de brillo; en Walmart no había prácticamente nada que comprar, y es que los héroes se nos habían adelantado. Luego, en el primer centro de acopio (como en cientos de puntos en la ciudad) la respuesta fue: “Gracias, pero ya tenemos suficientes manos”. El jueves intentamos donar sangre a las 8 de la mañana. La respuesta fue, como en decenas de hospitales, “Gracias, pero por el momento nuestro banco está completamente abastecido”.

Las fotos de los héroes me conmovieron hasta las lágrimas. Una y otra vez. El señor de la tercera edad con sus kilos de arroz y la señora sin zapatos donando una despensa. El bombero convertido en ángel y el perrito con botitas que salvó decenas de vidas. Hoy estoy triste, muy triste, porque más de 200 mexicanos ya no están, pero no pienso en otra cosa que no sea: que bueno es ser mexicano.

Por su empatía y tolerancia al leer estas líneas mil gracias, la próxima semana nos leemos para hablar de los Gallos Blancos. Normalmente, este espacio finaliza con una invitación a irnos riendo, pero hoy, ¿por qué no mejor seguimos ayudando, aunque crean que estamos locos? Eternas gracias. Viva México.

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